ElBulli

Dado que en un par de meses tendré la suerte de poder comer en el mejor restaurante del mundo (el noma), estaba repasando mis archivos y rescaté unas fotos de cuando comí en El Bulli, así que a modo de “previa” voy a dedicarle un merecidísimo post.

Pues sí, la verdad es que por partida doble tuve la tremenda fortuna de poder disfrutar del paraíso particular de Ferran Adrià. El Bulli. Fue hace tiempo, cuando estudiaba el MBA allá por el 2009 que gracias a un contacto de quien por entonces era mi pareja, pude pasar unas cinco inolvidables horas en El Bulli, algo que sin duda jamás se me borrará de la memoria. Aunque sinceramente fue y sigue siendo mucho más. Fueron meses. Meses antes y meses después…

La experiencia empieza cuando te confirman que tienes una mesa. Es difícil de explicar, pero si eres un apasionado de la gastronomía y este tipo de cocina (y por aquel entonces juraría que ya se sabía que El Bulli cerraría sus puertas en 2011), es como si te dijeran que se va a acabar el mundo y te has ganado una plaza en una de las naves que te pondrán a salvo del Tsunami gigante que se llevará todo por delante… Por poner cifras, creo que por aquel entonces ese templo de fantasía culinaria recibía algunos millones de peticiones de mesa para algunas decenas de miles de servicios que podían copar. Y pese a que mucha gente decía que la lista de reservas era de años, la cosa no funcionaba así. El Bulli abría su lista de reservas durante un día… creo que a principios de año y obviamente, durante ese día recibía tropecientas mil solicitudes. Con esas solicitudes intentaba conciliar a nuevos comensales, comensales que ya habían visitado el restaurante años anteriores, además de intentar mezclar a nacionales y extranjeros al mismo tiempo. Vamos, que al final podía comer a quien ellos le diera la gana! A mis oídos ha llegado que pese a rechazarte, tras insistir miles de veces, escribir cartas, dibujar cuadros, preparar diapositivas… a veces, remotamente y tal vez si Plutón se alineaba con Neptuno se podía dar el caso que simples mortales pudieran entrar en tan codiciada lista. Pero no lo puedo asegurar totalmente. No sé tanto de astronomía.

Y es que no hay duda que una de las claves del éxito del restaurante era como manejaba su popularidad y sus reservas.

La primera está claro que era el ingenio de FA, un cerebro capaz de creaciones e ideas sólo a su alcance. Alguien que ha conseguido que para poder entrar en la lista de los mejores restaurantes del mundo, debas seguir sus pasos, sus ideas y/o hayas sido un lacayo alumno suyo, merece un puesto en el altar de los dioses culinarios. Acto seguido de conseguir el galardón de ser el mejor restaurante del mundo (aunque basado en una revista de prestigio), tu fama se dispara hasta niveles insospechados y puedes seguir dos caminos: Dejarte arrastrar por esa fama y perder el control de tu obra y tu éxito… o aprovechar ese privilegio y manejar la segunda clave del éxito. Poseer lo que puede convertirse en uno de los deseos más codiciados del planeta restringiendo al máximo el poder acceder a ese diamante. Pues ni siendo la reina de Dinamarca o la persona con más poder del mundo acabas estando a merced de que el Bulli te quiera dar una mesa. Está claro que al final personas con ese tipo de influencias tenían más acceso que el resto del populacho, pero igualmente no era tan fácil. Y manejar eso fue seguro sin duda, lo más complicado de la gestión de la marca “ElBulli”.

Pero lo consiguieron. Y de esa manera, fueras quien fueras, poder ir al Bulli era una experiencia que empieza el día en el que te dan la mesa y que a día de hoy, una vez cerrado, aún perdura.

Siguiendo con la historia, me voy a saltar los varios meses que pasé esperando que llegara el día y me meteré de lleno al capítulo de la comida. Antes, honestamente debo reconocer que tildar esos momentos meramente de “experiencia gastronómica” me parece banal. Un lugar capaz de jugar con tus sensaciones desde el momento en el que te sientas debería tener una denominación o adjetivo propio. Pero bueno, nos ceñiremos a lo que nos deja la RAE.

Total que después de 2,5 horas en coche pensando en las alegrías y tribulaciones que nos depararía el lugar, llegas al parking del restaurante. Esperas que haya alguien para poder decirle “eh, que tenemos reserva”, pero creo yo que nadie tendría la decencia de presentarse allí sin estar en lista, bajo el riesgo de que se ría de ti hasta el perro del cartel.

La primera estampa está a la altura del lugar. El 75% de los autos demuestra donde nos metemos. El resto, debía ser, como dentro pudimos ver, de amigos y visitantes de toda la vida que han tenido la suerte de poder ir casi cada año.

Una vez dentro, apenas hay que decir que tienes una reserva para que te busquen en el libro y tachen tu nombre. Ya saben que vienes y quien eres. Te recibe Juli Soler, maestro de ceremonias. Como a casi todos, nos obsequia con un librote de El Bulli donde se cuentan casi todos los secretos (que se pueden contar) del lugar y su gente. Él nos acompaña al motor de la máquina perfecta que es la cocina. En ella se pueden ver a todos los músicos interpretando sus partituras sin margen de error. Tan sólo se detienen un segundo cuando entras, seguramente si estos dos serán trending topics o regular topics… Allí se disculpa porque no puede presentarnos al cerebro de la orquesta (aunque en la siguiente visita lo pude conocer), pues está en un seminario compartiendo sus conocimientos y sabiduría.

Después de eso nos pasan a la sala de baile donde empieza el vals. Ellos ya están al tanto de nuestras alergias y gustos para que no haya sorpresas, pero aún así nos repasan la lista de los platos más conflictivos por si queremos algún cambio de última hora. Por mi parte ningún cambio. No es que me guste todo tipo de comida, pero estoy seguro que en este lugar nada es lo que parece, así que me aventuro a no renunciar a nada. En el caso de mi consorte un pequeño cambio para el que tienen reemplazo sin problemas.

Y sin esperar más que un par de minutos, se presenta la chica que nos acompañará durante todo el viaje. Nos contará como funciona todo, que es lo que vamos a comer y como debemos hacerlo, pues si mal no recuerdo, depués de 45 platos que cominos 20 de ellos carecían de cubiertos… pero mejor dejo los detalles para las fotos.

Uno tras otro se van revelando los secretos, las delicias y los sueños en formas y colores inimaginables. Se mezclan colores, sabores, texturas y olores. Nada es lo que parece ni parece lo que es en ningún momento. Llegas a sentir vergüenza de las veces que puedes lanzar el típico “mmmmm” o quedarte mirando al otro con los ojos como platos sin decir nada, pero retratando un gigante “wow”. Consuela que alrededor la gente hace igual. Gente de todos los gustos. Extranjeros, nacionales, jóvenes y pequeños. Parejas y familias. No vi ninguna “celebrity”… o al menos no la reconocí, pero seguro que el 50% de los comensales serían reconocidos por mucha gente. A mí eso no se me da bien.

Antes de todo eso (me lo he saltado), nos entregaron un libro que parecía la Biblia y no era otra cosa que “la carta” de vinos. Miles de referencias de todo el mundo. Todo tipo de vinos, espumosos, champagnes, cavas, finos, bla bla… Vinos desde precios asequibles a un Romanée-Conti (Grand Cru) del ’99 por 5,350 Eur como el más caro de la carta. Por cierto, aprovecho la línea para aclarar que el bulo de la botella de 6.000 eur pedida por error es eso, un bulaco! Eso sí, por vinos caros no era. A nosotros después de ver que casi nos ahogamos entre tanto vino, Ferran Centelles, sommelier del restaurante, nos recomendó un cava tan espectacularmente delicioso como asequible. Y aunque parezca mentira duró toda la comida!

Siguiendo con el cuento, no narraré cada uno de los platos, pues no acabaría nunca el post (además de que no me acuerdo) pero se puede ver con detalle parte de él en las fotos que dejo colgadas. Lamentablemente ahora no tengo la cuenta a mano (obviamente te regalan una copia de la que pagas más la de cocina, donde marca todos los platos que salen), ni la carta (pues tampoco existe como tal), así que no recuerdo casi ninguno de los nombres de las obras de arte que entraron por nuestro gaznate. Pero no tenían mucho secreto. Secreto es como combinar más de 250 ingredientes en 45 maravillas de manera perfecta, como una sinfonía que fluye delicadamente desde el primer hasta el último segundo casi sin darte cuenta. Y aunque luego tu estómago se resiente un poco pues no está acostumbrado a digerir todo eso, es algo que se te queda grabado en la memoria para toda la vida.

Entre plato y plato (y plato) nos dan casi las 5 de la tarde disfrutando como enanos cada uno de los instantes líricos que nos dejó El Bulli. Para terminar y sin poner límite a nuestra capacidad de ingesta, nos trajeron un festival para cualquier amante del chocolate. Una caja con unas 25 variedades de ese afrodisíaco pecado. Crujiente, esponjoso, con menta, mimetizado, caramelizado, aire de choco, blanco, negro, verde, presente, ausente… simplemente a la altura.

Y ya antes de marchar, como colofón final mientras no paras de hablar de lo que ha sido y será, me tomé un gin tonic preparado de manera artesanal. Por poner un “pero” a toda esta novela, este capítulo no tenía ningún secreto. Aunque luego lo superó en su coctelería claro está…

Ahora vendría eso de “y ya está” pero no. Tal y como dije, el resto, por suerte me lo quedo para la eternidad. Un momento que siempre sorprende recordar… pues después de comer y disfrutar como jamás en la vida lo he hecho, llega la experiencia posterior. Explicarlo, escribirlo y seguir soñándolo.

A ver que me depara el noma.

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